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EL BUS CONTINUO SU RECORRIDO

Enviado por GILBERTO DUEÑAS... el Vie, 16/02/2007 - 4:47pm. Etiquetas: | | |

El bus continuó su recorrido

Lina María Castaño González

Un par de gotitas cayeron sobre sus piernas. Ella, con un inconfundible gesto de irritación, miró hacia arriba buscando el origen de la humedad. Caía una lluvia torrencial, y aunque el techo del autobús estaba cubierto de latas añadidas y tornillos oxidados, no parecía tener filtraciones por las hendiduras. Entonces, se remangó el busito de lana gris y limpió las gotas, que comenzaban a ser absorbidas por el tejido de las medias. Después le pidió permiso a la señora de al lado, y con la mano remangada, limpió también el vaho del vidrio de la ventanilla.
El paraguas estaba ensopado. Y ensopado, Mario lo mantenía pegado a la barrilla superior de donde se sostenía con las vueltas del pasaje y las bolsas del mercado. Cada vez que el vehículo daba una curva, se mordía los labios y apretaba los dedos para no resbalarse. Entretanto, esperaba impaciente que alguien se bajara y le diera un asiento… o que una persona lo suficientemente educada y amable le llevara los paquetes. Pero era inútil. El bus andaba sin parar, mientras Mario denigraba mentalmente de la falta de cortesía de los que iban cómodamente sentados. Con rabia, echó un vistazo por todos los puestos, y finalmente se topó con aquellas piernas largas y esbeltas que yacían enfrente.
En ese momento el autobús frenó de una manera abrupta, y los pasajeros se balancearon hacia delante. Mario, que estaba embelesado con la chica, hizo un esfuerzo increíble, apretó las manos, las bolsas del mercado, las monedas, la sombrilla, los labios y hasta el trasero. El paraguas desprendió incontables gotas de agua, mientras ella se detenía a mirar por el redondel que había dibujado en la ventanilla empañada. Mario observaba la forma en que aquellas gotas de lluvia se posaban sobre sus piernas, se deslizaban delicadamente y, como una esponja, eran absorbidas por las medias. A través de ellas, veía cómo la piel se le erizaba, cómo los vellos suaves se tornaban húmedos, y cómo se frotaba ella, con sus manos envueltas en el busito de lana gris, sin percatarse que aquella humedad provenía de él mismo, del propio motivo de su mal genio, de su rabia, de su impaciencia, de su propio encarte con una sombrilla empapada.
Tan pronto como sintió de nuevo el frío del agua en las piernas, ella miró hacia arriba, pero no pudo explicarse de dónde provenía la incesante gotera. Hasta que vio el rostro absorto de aquel joven que la observaba con un gesto obnubilado de alucinación, con los ojos abiertos y encendidos, sosteniendo entre una mano y la varilla, unas monedas con dos paquetes; en la otra, el detestable paraguas que le chorreaba las medias. “Idiota”, le afirmó con los ojos fruncidos en la misma ira. El joven continuaba mirándola, mientras en la parte delantera desocuparon dos puestos. Por supuesto, Mario era un hombre cabal pero a la vez impaciente, que siempre se vanagloriaba de hacer lo correcto en el momento preciso; también lo hacía para advertir sobre las normas de mínima urbanidad. ¿Cómo habría sido posible que nadie, nadie de tantos pasajeros que iban en el autobús, se ofreciera a llevarle los paquetes? Esa mujer era la persona más indicada, y por puro sentido común debía ofrecerse a hacerlo, por el simple hecho de estar enfrente. Pero con ella las cosas eran distintas. Con ella, con sus piernas, con su mirada irascible, con todo eso bastó para olvidarse de que llevaba unos paquetes. Mario tampoco hizo lo que hubiese anhelado todo el camino, y los puestos continuaron vacíos, actitud que a ella le pareció sumamente estúpida.
El bus arrancó, y más gotas se desprendieron del paraguas. Furiosa, lo miró de nuevo. Mario salió de su letargo: captó el mensaje y puso la sombrilla en el suelo del autobús. Mientras se inclinaba, tuvo la oportunidad de ver la marca de sus zapatitos rojos.
Pasó un rato y continuaba agachado en el piso metálico, embelesado con esa extraña combinación de zapatos infantiles y piernas reblandecidas en una increíble madurez femenina. Incómoda, ella bajó la mirada con los labios entreabiertos. Él se puso de pie rápidamente y fingió recoger el par de monedas que llevaba en la otra mano.
“Tal vez se llame Claudia. O Mónica… no, mejor no. Por su rostro, debe llamarse Aura”, pensaba de una forma calculadora como solía hacerlo, mientras se mordía los labios en el intento de preguntarle su nombre. Ella trataba de evadir la situación, mirando los carros que transitaban por la autopista. Luego, buscó unas llaves en el bolso, se lo colgó en el hombro, se puso de pie y tocó el timbre. El autobús se detuvo, y para Mario se detuvieron entonces todas las cosas: le pareció como si la lluvia estuviera suspendida en el aire, como si ella continuara aún en el asiento, húmeda, con sus piernas, sus zapatitos rojos y su saquito de lana gris… Pero en realidad Aura se había marchado ¡Debía ir a buscarla, en ese preciso instante! “Soy un hombre que hace lo correcto en el momento indicado”, se decía a sí mismo. ¿Pero cómo, si no la conocía, ni siquiera se había atrevido a preguntarle su nombre? “Pero para mí, simplemente se llama Aura, nada más”, pensó de forma decidida, y fue tras ella, dudando temerosamente de que fuera otra, de que de nuevo un encarte suyo fuera motivo de insensata y estúpida felicidad…
Aura bajó del autobús, y Mario se abrió paso entre la gente: era su única oportunidad, debía ir a su casa, tal vez en esa cuadra era su casa, tal vez podría verla de nuevo y, por qué no, hablar con ella y pedirle disculpas. Se disponía a bajar las escalas metálicas, cuando escuchó entre las nebulosas que alguien le gritaba: “¡Oiga! No olvide su paraguas”, mientras lo recogía del piso. Y él se detuvo, se sacudió como recobrando los sentidos. Lo recibió en sus manos, pensó en bajarse, pero le pareció ridículo… tal vez ella no era Aura ¿O si?... Pero ya era demasiado tarde: el bus cerró sus puertas y continuó su recorrido.


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