LOS TIEMPOS CAMBIAN
Buscando en mi baúl cosas de hoy, encontré cosas de ayer. Pensé que en el pasado toda la vida estaba por hacerse y en la mente infantil se arremolinaban sueños y fantasías del futuro.
A decir verdad no sé si en aquellos días pretendía ser bombero o médico, policía o arquitecto; lo que si recuerdo muy bien eran mis batallas entre apaches y vaqueros que se disputaban algún territorio que no sabía en dónde estaba y, menos, por qué era la pelea. Creo que maté cientos de miles de apaches sin saber por qué, como tampoco supe porque ganaban los vaqueros....
Cuando pequeño, no sé cómo, parece fácil dividir el mundo entre buenos y malos y, sobre todo, aprender de memoria las lecciones de la televisión y aceptar únicamente a Toro porque era amigo del Llanero Solitario. De todos modos mis bolas de cristal iban y venían, a manera de proyectiles, tumbando apaches a diestra y siniestra y perdonándoles las caídas, con frecuencia, a los vaqueros.
Puedo decir, no obstante, que la prehistoria y la historia de mi vida se debatieron en medio del gozo que se siente cuando se es amado aunque no entendiera como otros seres no tuvieron tiempo de contrarrestar no tener nada, ni siquiera amor.
Desde niño pasé de una ciudad a otra con mi familia siempre en los brazos de mi mamá o en los hombros de mi padre, eso de ser el menor siempre fue simpático porque los consentidos no hacíamos nada. Sólo estorbo. Sin embargo, un estorbo del que todos estaban pendientes y que, a la larga, nos gustaba. Hablo en plural, para hacerme cómplice de todos los menores de todas las familias y, así, no sentirme el único sino, al contrario, algo así como el presidente del sindicato de consentidos. Si, Presidente. Ni secretario ni otra cosa. Lo bueno de jugar sólo no es únicamente que uno sea habitualmente el ganador sino que ganan los que a uno se le antojan y , como por arte de magia, siempre se es elegido. Esto lo comprendí mejor, años más tarde, cuando ví cómo los políticos eran los mejores magos en estas artes. Sentí algo de decepción pues me creía único. Lo rescatable, es que entendí que el mundo era plural y que mi vida singular era producto única y llanamente de mi condición de niño menor, consentido y un poco estúpido, y que el mundo iba más allá de las batallas entre apaches y vaqueros aunque, igual que en mis batallas, en la vida real también ganaran, siempre e inobjetablemente, los vaqueros.
Ya empezaba a adquirir una expresión ligeramente adusta y a abrir los ojos, así no me gustara, a lo que era y habría de ser el mundo posterior. El apache se volvió Pingüino y el vaquero Batman y entre héroes y superhéroes se derivó otra parte de la vida y, además, en technicolor. Pese al amor de los adultos, pienso que los niños de mi generación, para hablar únicamente de los de mi generación porque seguramente los de generaciones anteriores y posteriores tendrán sus quejas, crecimos con un sentimiento de soledad en lo que tenía que ver con nuestros deseos. La escuela nos conminó a hacer bolitas y palotes porque sólo así se aprendía a escribir y no habían llegado los chico toys, ni el estralandia y, menos, el Atari o el Nintendo, lo cual no significa, en absoluto, que las maravillas de la modernidad hayan contribuido realmente a superar el problema existencial que nos producían las semanas santas silenciosas y la Abuela con su camándula rezando mil rosarios o uno, con los padres, asfixiándose entre procesiones y celebraciones religiosas que no alcanzaban a percibir lo pequeño que uno se puede sentir entre marejadas de gente grande.
Felizmente, también había paseos y visitas a pueblos y pueblitos que eran en esta mente el mundo entero lejos de imaginar las pirámides de Egipto, los Alpes o, lo que era más cerquita, el Amazonas. No importaba que lo vistieran como payasito con corbatín de elástico y sombrerito zipaquireño y uno pareciera un niñito de Silvia traído a la ciudad...
Es así como uno va haciendo su Historia e iniciando la carrera galopante hacia la adultez. Ya bautizado sin saber exactamente por qué, aunque la Profe insistiera en convencernos del pecado original y nos invitara, sin invitación, a presenciar el horrendo espectáculo de un hombre lacerado con espinas y clavado en una cruz. Sin duda nuestra confianza empezó a desvanecerse y, durante días, vimos a Pilatos en el carnicero y aprendimos de memoria el Padrenuestro y el Ave María y El Credo para que, talvez, no nos clavaran en alguna cruz o, mejor, no fuéramos a dar al oscuro e insondable infierno prometido a los “malos”. Fue así, por extensión y para seguir expiando unos pecados que no entendíamos, que nos compraron un lindo vestido de grandes, pero a nuestra medida, y recibimos el cuerpo de Cristo por vez primera. Resultaba complicado entender porque uno se comía ese cuerpo aunque, unos años después, nos robábamos montones de esos cuerpos en la sacristía de la iglesia y los engullíamos felices con arequipe. En todo caso, la primera comunión no era sólo eso. Era confetis, helados y ponqué y, además, regalos. Las cosas empezaban a adquirir sentido porque por primera vez, personas diferentes a la familia –por lo menos de lo que recuerdo- nos hacían regalos. Arribábamos, sin saberlo, a la mecánica del don y aprendíamos que nuestro mundo se movía alrededor de dar y recibir. No sabíamos aún de corrupción pero en nuestros labios se dibujaba una sonrisita malévola que comprendía cómo era la cosa. El rito del don empezaba a atraernos. Nuestros más queridos tíos eran los que nunca partían sin dejarnos una moneda aunque también quisiéramos a los que se despedían pellizcándonos el cachete o dejándonos el copete alborotado con su tradicional cogidita de pelos, si a frotarle la mano en la cabeza y volverle el peinado un remolino se le podía llamar así. Bueno, lo importante era que ahora íbamos a la misa a esperar el momento de hacer la cola para comulgar como cualquier viejita y agachar, luego, la cabeza en señal de gracias y mirar al techo de la iglesia con ojos de cordero desollado.
Qué buenito. ¡Quién lo creyera! Ya amarraba moscas con hilo de costura y las ponía a volar a mi antojo como cometa. Luego las metía en un telescopio con alguna arañita y con la magia del aumento del lente gozaba su lento martirio. Aún no había leído a Lorca y no tenía idea que él decía que no había peor maldad que la de un niño. Lo bueno es que cuando lo leí sentí un alivio y me perdoné mis fechorías. Eso eran cosas de niños. Lo malo fue constatar años después, y hasta hoy, que los hombres son como niños y buscan cualquier excusa para perdonarse sus fechorías. Peor, que las disfrazan y a través de leyes las validan y las vuelven aceptables a los ojos de todos los que no quieren ver y de los que queriendo ver nada pueden hacer para cambiarlas.
En qué momento nos volvimos adolescentes es un interrogante de nunca acabar. En esta etapa sí que dejamos de entender cómo funcionaba el planeta. De los palotes y bolitas con los que ya escribíamos y de los cuadernos Cardenal llenos de letras y frases “Yo quiero a mi Mamá” y “Mi Mamá me ama” (aunque nos dejara llorando en la puerta del colegio), con los que aprendimos a leer, pasamos al Álgebra de Baldor que pesaba un jurgo y, además, nadie la entendía. No sabíamos, entonces, lo que nos corría pierna arriba. Quién hubiese imaginado los logaritmos y la tabla y los alogenuros de alquilo y el ácido sulfúrico. Fue igual que cuando aprendimos con el profesor Briceño el Himno Nacional. Todos lo cantábamos a todo pulmón pero no teníamos idea de lo que decía. Aún así nos poníamos erectos y lo cantábamos orgullosos de saber que Rafael Núñez había escrito la letra y el ilustre maestre Oreste Sindici le había puesto la música. A trancas y a mochas, como sin querer queriendo, dimos a nuestros padres la gran satisfacción de hacernos bachilleres. Pasamos a recibir el diploma del brazo de nuestras madres al ritmo acompasado de la Marcha de Aída y, ya en las puertas de la U., nos tomamos unos aguardientes y encendimos un cigarrillo.
Y de niños de colegio (aunque no hubiésemos sido tan niños) pasamos a palabras mayores. Experimentamos una extraña sensación de libertad. Se acabaron las revisiones de tareas y el uniforme y la peluqueada y los acrósticos para las novias. Llegaron los trabajos en grupo hasta la madrugada, la bota campana, el pelo largo y el abordaje de la existencia con Marx y Engels bajo el brazo. Conocimos la bareta y anduvimos de colinillos metiéndonos en las residencias de Chapinero con alguna compañera que quería demostrarse lo mismo que nosotros.
Pero, como Descartes bien lo dijo, todo fluye, nada permanece. Se fue la U. Nos llegó otra sensación de soledad frente al mundo.
Nos convertimos en hombres “dueños” de nuestras propias decisiones. Amamos con locura y sin medida a quien bien se nos antojó. Leímos lo que nunca habíamos sabido que estaba escrito. Supimos cuánto tiempo habíamos perdido por no haber podido ir más lejos y ahora que podíamos, no nos estaba permitido. Entonces, nuevamente en singular, volé. Con todas las fuerzas de mis alas crucé fronteras, bebí libros, leí amores, acaricié montañas y valles y poseí una pequeña parte del planeta que, aún hoy, me invita a seguirle amando. Como las cuerdas de la guitarra, se han conjugado las circunstancias para darle armonía a la vida. Aunque sigamos siendo incógnitos, tras nosotros está la sombra y la sombra frente a nosotros cuando le damos la espalda al sol. Ese fenómeno universal nos hace universales pero la reflexión de la luz dibuja a cada quien como sólo cada quien es. Sin embargo, otras veces hay pueblos enteros sin sombra. Hasta eso les han robado. Por eso, necesitan su propio imaginario existencial como Pedro Navajas quien fue mito e historia y todo un pueblo se sintió dibujado en él.
Y después de las tinieblas, en el séptimo día, se hizo la Luz. Quizás, como cuando nacimos y, de repente, salimos del vientre cálido de nuestras madres a enfrentar la fría conciencia de los hombres y, al mismo tiempo ¡Ah paradoja!, a atrapar este universo pleno de árboles y flores y montes y nevados y desiertos y valles y ríos y mares y peces y aves y floras y faunas y amores...
Amores. Amores breves, amores largos, amores intensos, a veces insensatos, amores tranquilos o profundos, amores, en todo caso, amores. Deliciosos, vanos, pasajeros, platónicos y, a veces, totales porque, como escribió Gibran, “el amor basta al amor”.
No nos podía ser ajena. La muerte nos abordó : se nos fueron los amores. Se fueron los tangos, la Historia, el abrazo entero, la mirada honda, la fuerza, el verbo, se fué Efraím, mi viejo, mi padre. Se nos fue, luego, hermana y hermana de mis hermanas : Jeannette. Se nos derramaron los jarrones de vida. Se detuvo la tierra. Se fueron otros casi sin despedirse, la abuela María –mi madrina- , el tío Chucho y el tío Alfonso, tíos de tíos, la tía Tulia, el primo Mario, la tía Nena y mi divina viejita Diosa, mi mamá. Mamá, bella mamá tan cercana a lo perfecto, tan buena, intacta mamá, te amaré hasta el fin del último de mis días.
Y no hay nada como mirar el planeta desde donde estemos en la precisa y justa dimensión que sólo El puede mirarse. Desde la cabeza de Morgan en Providencia hasta la Victoria Regia y el lago Tarapoto pasando por Barú y La Vela o bajando al Pacífico indómito y a los valles de la caña milenaria, al barro de Ráquira y Monguí y, también, trastocando fronteras y cadenas del Himalaya al Aconcagua, de los Alpes hasta el Everest, de Babilonia al Antártico o de la exuberante naturaleza del Quindío cafetero a la fría Bogotá…
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